martes, 25 de septiembre de 2012

BURGO DE OSMA

Un paseo: esta pequeña y cuidadita ciudad soriana tiene la calma de la provincia que invita a recorrer las calles sin más interés que llegar a la Plaza Mayor a tiempo para el vermú y el torrezno en la terraza. Allí nos dará la hora de comer.

Un restaurante: quien no conozca el Mesón Marcelino podrá ir a lo seguro, como el cochinillo, pero si quiere dejarse aconsejar por el viajero, debería probar el guiso de ciervo. La dieta soriana no es ligera, pero nadie se ha muerto por probar cosas buenas.

Una visita: el viajero nunca pierde ocasión de dejarse sorprender, y en esta ciudad, yendo a preguntar a la oficina de turismo, descubrió que el propio local era una joya, no tanto por el retablo que alberga sino por la paz de sus muros.

Un recuerdo: la modestia castellana queda resumida en los ingredientes culinarios que se llevó el viajero de esta ciudad. Junto a la primera lluvia del otoños, pan y mantequilla son los recuerdos del Burgo de Osma.


SORIA

Un paseo: quienes tienen la suerte de haber visitado la provincia de Soria, desde Calatañazor hasta la Laguna Negra, saben por qué vale la pena volver. Al llegar a esta ciudad, el viajero buscará esa zona en la que traza el Duero su curva de ballesta. Por eso se recomienda acercarse al río para, pensando en cosas, esperar a que nuestros pasos nos lleven por ahí hasta la hora de comer.

Un restaurante: el habitante local presume de torreznos y de otros platos de más calado, y el viajero debería atreverse con unas migas con uvas en el Mesón Castellano. De ahí al abandono total no va mucho. También se debería tener en cuenta algún vino de la Ribera del Duero con cepas sorianas.

Una visita: con aires de casino provinciano, pero lleno de un ambiente que ya es difícil encontrar, nadie debería marcharse de Soria sin pasarse por la Casa de los Poetas. Así se comprenderá por qué tantos se quedaban allí.

Un recuerdo: todo es tan cíclico en las ciudades tranquilas que uno se podría pasar meses esperando ver en un olmo viejo otro milagro de la primavera. Y si no, el viajero recomienda recordar los colores del otoño, imagen fiel de esta Soria machadiana, paraje de setas y aire puro.

martes, 4 de septiembre de 2012

ALICANTE

Un paseo: la tentación del viajero común al llegar a Alicante es irse a la playa y caminar hasta que llegue la hora del arroz -ya hablaremos luego-, pero no tiene en cuenta que las sombrillas lo inundan todo muy temprano. Por eso se recomienda aparcar los gustos corrientes y dejarse llevar por las calles del Casco Antiguo. Por cierto, alguna callejuela está un poco empinada. Si nos da miedo la pendiente, entonces vayamos al Puerto Deportivo.

Un restaurante: es más que probable que el arroz sea el plato elegido, y no nos faltará razón si nos tomamos un a banda. Si queremos ir más allá de los sabores habituales, el viajero recomienda probar unas vieiras en el restaurante del Hotel Hesperia. El problema es que las probó en una boda. ¿Por qué no unos mejillones de primero en El Suquet o un a banda con gamba roja en el Dársena.

Una visita: es posible que el viajero que subió a las cimas de la ciudad quiera aprovechar el esfuerzo para ver alguna piedra. El Castillo de Santa Bárbara, con vistas inmejorables, puede ser una alternativa. Si no se ha subido por los cerros, se recomienda buscar el mercado central y deambular por entre las mercancías.
 
Un recuerdo: al viajero le gusta siempre rascar el fondo de la memoria para hacer aflorar imágenes. De Alicante siempre le queda el socarrat de esos arroces, que también hay que rascar para apreciar mejor. Pero ningún recuerdo más intenso que el del ajoaceite en el viaje de vuelta...

lunes, 3 de septiembre de 2012

JYVÄSKYLÄ

Un paseo: algunas ciudades parecen irreales por su image, pero esta lo parece por su nombre. Sin embargo, tras esa extravagancia, el viajero encontró la calidez que solo Escandinavia puede ofrecer. Sin ánimo de ser simplón, los lagos de esta tierra lacustre son admirables, y una caminata puede resucitarnos.
Un restaurante: el viajero, habitualmente arriesgado, no salió del hotel para cenar porque estaba cayendo una de esas mantas de agua que bastarían para anegar un continente entero. De modo que, condenado a quedarse encerrado, halló salvación en el restaurante del Scandic. ¡Impresionante el reno! Eso sí, tomó vino de California, porque el tinto español que le propusieron sobrepasaba insospechadamente el precio que jamás podría tener.
 
Una visita: esta joven ciudad -joven como el país- puede presumir de no tener grandes monumentos. Esta aparente contradicción se llega a comprender cuando uno ve de qué modo se funden naturaleza y sociedad, como en una sauna. Otra manera de comprobar esa fusión de lo humano y lo natural es visitar la obra del finlandés universal Alvar Aalto, tanto en la Universidad como en otros edificios cercanos.
Un recuerdo: sí, por supuesto, la calidez de esta tierra y el ritmo slow al que parece fluir todo. El viajero tendrá en todo momento la idea de regresar y quedarse un poco más. El recuerdo que nos llevaremos será el deseo de ver algo único. Los que vivimos demasiado a sur soñamos con algo así. Quién sabe si un día...

AVEIRO

Un paseo: cuando el viajero hablaba de lo que vio en Aveiro, le solían responder que eso era una película o un sueño. Para comprobar que aquellas descripciones son ciertas y no una fantasía, se invita a una caminata matinal por el borde del mar, haciendo fotos de esas cabinas para los bañistas propias del Lido o de Ushuaia.
 
Un restaurante: la verdad es que el viajero no buscó demasiado, siguiendo su estrategia de acercarse al centro, mirar por encima la carta y entrar por ese instinto que ha desarrollado de tanto comer fuera. En Aveiro se coló en el primero que vio, con tan buena suerte que entró en O Mercado do Peixe, algo así como el paraíso.
 
Una visita: hay que reconocer que, aunque monumentos tiene, esta ciudad no es un centro artístico en sentido estricto, así que el viajero sugiere orientar la visita hacia la naturaleza domesticada. La ría de Aveiro tiene todo aquello que el ser humano puede admirar de sí mismo, es decir esa sutil manera de retorcer el curso de las cosas para hacerlas más agradables a su vista y entendimiento.
Un recuerdo: aquí vuelve a surgir la pregunta de qué hacer con esto después de hecha la travesura, porque remando en un moliceiro no llegaremos a casa. En fin, que la memoria guarde esto también para que nos crean al regresar.

domingo, 2 de septiembre de 2012

SAINT RÉMY DE PROVENCE

Un paseo: al llegar a Saint Rémy el viajero se explica el porqué sobre la inclinación de los pintores por esta zona. Pasear es un arte en esta ciudad, sobre todo cuando los turistas empiezan a despejar las calles. Si persisten en ocupar las hermosas plazas provenzales, entonces habrá que irse a caminar por los incomparables campos de espliego.
 
Un restaurante: en una confusa mezcla de tradición francesa y atmósfera de Camarga, Le Bistrot des Alpilles tiene varias ventajas, como la terraza, los precios moderados y el tartar de buey. Sería una pena no probarlo tras un risotto y regado todo con un tinto de la región.
Una visita: la Provenza no sería lo que es sin ese toque tradicional -a veces sobreactuado- que asoma en cada esquina. Los que no quieran caer en el folclorismo tienen el Musée Estrine, una pinacoteca modesta pero con un fondo interesante. Los que, como el viajero, se entregan al sentir popular, tienen los miércoles un mercado en el que se compra de todo, desde tomates hasta especias. Vale la pena.
Un recuerdo: si fueran objetos, con una maleta no tendríamos suficiente, así que habrá que pensar en guardar imágenes en la memoria. El viajero se llevó de Saint Rémy el aroma de la lavanda, las vistas de les Alpilles, el ruido de las cigarras y, sobre todo, la idea de que nada es tan urgente como para dejarlo todo.

sábado, 1 de septiembre de 2012

AVIÑÓN

Un paseo: el saber popular tiene sus frasecillas, como la de "he comido como un cura". El clero siempre ha tenido buen gusto para ciertas cosas que parecen pecado, y en Avignon, se cumple aquello de que allí donde vive un papa se vive bien, aunque con pereza, que lo dejan todo a medias. El viajero podrá pasear a su gusto por las calles, pero de entre todos los destinos de interés destaca el famoso puente, que se recomienda visitar, pero solo hasta la mitad...
 
Un restaurante: el viajero una vez se comió un bocadillo de brie y lechuga que le supo a gloria y lo salvó del desfallecimiento. Si uno quiere pecar sin salvación, debería probar el magret de canard en Au Périgord Gourmand, donde la gula es casi lujuria, pero si el presupuesto nos acerca más a los feligreses que a la curia, entonces deberíamos buscar un menú de mediodía -de noche es más caro, y la carta también- igualmente soberbio en Les 5 sens.
 
Una visita: muchos lo ignoran, pero el viajero es un humanista laico convencido, de modo que cuando se mete a ver monumentos religiosos, pasa por alto su función y observa su funcionalidad. En el Palais des Papes no iba a ocurrir algo diferente, así que el viajero comprobó el modo en que viven sus votos de pobreza algunos. Se sugiere reflexionar sobre la avaricia, pero sin ira.
Un recuerdo: ded regreso a casa, dejando la ciudad atrás, uno comprueba con envidia que la buena vida es un patrimonio colectivo que hay que saber gestionar. Esta ciudad siempre será recordada por su gente disfrutando del teatro en la misma calle, ajena a los desmanes vaticanos del pasado y más centrada en otros logros de la cristiandad.

PLASENCIA

Un paseo: tras las últimas curvas por la dehesa, el viajero no esperaba encontrar allí tanta maravilla, pero es que en Extremadura, la hermosa desconocida, abunda el misterio monumental. Siempre es una tentación bordear un recinto amurallado, y el viajero lo recomendaría sin pestañear si no fuera porque le pareció sorprendente el acueducto de San Antón.
Un restaurante: el que no haya comido migas extremeñas tiene una oportunidad de oro en el Parador, donde además hay un menu más que aconsejable. En la misma plaza, el restaurante Gredos está al quite para platos de carácter como las carrilleras de cerdo. Es cierto que también se puede tapear de maravilla en los bares de la plaza mayor.
 
Una visita: es curioso que las ciudades, cuanto más pequeñas, nos demandan más tiempo para el turismo slow. Plasencia es un ejemplo notorio, porque concentra mucho en poco espacio. Así, el viajero será prudente y elegirá bien. Eso sí, apuntará en su agenda sitios para repetir. De momento, y como el camino de ida fue tan impactante, el viajero se dirigirá a las afueras hasta el río Jerte, y allí se sentará en el puente de San Lázaro, donde también puede ver la ermita.
Un recuerdo: la memoria del viajero se llevó de allí todo puesto. En el inconsciente del urbanita flota la idea, al irse de Plasencia, de que podría ser un refugio, ya que es ciudad y tiene naturaleza. Luego siempre se olvida, pero ya lo pensó. Para no olvidarse de esa tierra, se recurre a los productos típicos, pero el viajero prefiere otros.

OSLO

Un paseo: Esta ciudad se visita a pie, lo que la convierte en un agradable destino, y las cuestas que la rodean se alcanzan con el tranvía....