martes, 29 de marzo de 2016

VIGO

Un paseo: pocas personas aprecian las calles que se caen a cachos, pero el viajero propondría una caminata nostálgica por el Casco Vello. En caso de que seamos de gustos más elegantes, también hay de eso. Para satisfacer a todos, la orilla del Atlántico sabrá despertarnos antes de desayunar o después de comer.

Un restaurante: de joven, el viajero no comía sardinas, como todo estepario. En Vigo descubrió las xoubas, y desde entonces no ha parado de apreciar ese manjar. Lo curioso es que no se fue a los grandes restaurantes de la ciudad, sino que se las sirvieron en la cafetería de un camping de la Praia de Patos que ni existirá ya. Los bares de casco antiguo las tendrán. Aunque también nos saciará un copioso arroz con marisco como el de O Portón...

Visita: siempre se ha dicho que viajar es el mejor antídoto para la tontería, y es verdad, porque descubriendo cosas nuevas uno se engrandece. El viajero descubrió que hay un idioma -tal vez gallego- que se habla en el Mercado da Pedra y que, según parece, es un código de las pescateras para vender ostras. Cuando se pase un caminante por ahí lo entenderá.
  
Un recuerdo: estaba poniéndose de moda por aquel entonces la música tradicional -celta, para simplificar-, pero el viajero, emprendedor para muchas cosas, no se atrevió a llevarse una gaita. El gasto habría sido tan desmesurado como poco provechoso. Sin embargo, para que no se dijera que era timorato, se agenció otro instrumento más a la medida del músico.

PONTEVEDRA

Un paseo: Decían algunos locales, cuando se propuso la idea, que el casco urbano peatonal sería una desgracia. Ahora se callan, porque menuda delicia de ciudad que ha quedado con todo el mundo a pie. Y a pie se hará el paseo por las calles, eso sí, cuidándose de no irse muy lejos, que la ciudad es pequeña, por lo que se recomienda una ronda de vinos con varias escalas en las fabulosas plazas. Si uno se ha lijado las suelas de los zapatos por las callejuelas, entonces podrá salirse hasta la ría o, por qué no, dejarse llevar por un riachuelo en la senda fluvial Dos Gafos. Vayamos por donde vayamos, seguro que nos cruzamos con algún pintoresco personaje...

Un restaurante: Por oferta que no sea, pero si uno es de paladar intrépido, seguro que se pasa por las delicias de fusión del Bagos o los innovadores manjares de La Ultramar, donde te lo ponen para llevar si no has podido con todo ello sentadito.
Una visita: Por extraño que parezca y sin hacerles un feo a las hermosas iglesias locales, el viajero debería disfrutar del los floridos camelios que abundan en la ciudad, en particular los del parque cercano al convento de San Francisco o alrededor de la Peregrina.

Un recuerdo: Esta ciudad, por menuda y concentrada, dejará en la memoria del viajero varias cosas hechas y muchas más por hacer. Y ahí reside el misterio que, a veces, se plasma en las paredes...

SANTIAGO DE COMPOSTELA

Un paseo: El viajero sabrá buscar en esta ciudad la calma que tienen sus callejuelas, lejos del peregrino tumulto, y aunque no esté de más frecuentar los lugares tradicionales, el jubileo habrá de encontrarlo en el dédalo de empedrados recodos, casi siempre resbaladizos.
Un restaurante: En ocasiones hay que hacerse fuerte en una mesa, atrincherarse en ella y no dejar de pedir hasta que la cordura se imponga, y aun así... Para estos casos está La Tita, donde con un vinito te sirven una tortilla de buen porte. Luego vendrán los calamares, el pulpo,..., el pack del peregrino apócrifo.
Una visita: De acuerdo, hay que visitar la catedral, pero hay que hacerlo con una perspectiva crítica en la que se valore la maestría del románico frente al agobiante exceso del barroco. para eso se recomienda darle la espalda al altar... Lo demás viene solo.
Un recuerdo: Siendo una ciudad menuda, el viajero no olvidará sus enormes méritos, pero de todos ellos siempre guardará el gozo de poder resguardarse de tanta lluvia en refugios amables.


viernes, 18 de marzo de 2016

AMIENS

Un paseo: Acogedora ciudad esta capital de Picardía (desde hace poco rebautizada Hauts de France, que dará mucho juego para hacer chistes como "Eaux de France"). Si además el tiempo es clemente, entonces el paseante podrá recorrer los senderos del Parc Saint-Pierre o las callejuelas del barrio de Saint-Leud, remansos de paz en una apacible ciudad.
Un restaurante: El centro histórico tiene todo a mano, de modo que no será difícil encontrar una buena mesa local para saborear la ficelle picarde ("hautefrançaise"). El viajero tuvo la suerte de encontrar Les Épicuriens, un pequeño restaurante con gran gusto. El tartar de vieira se llevó la palma.
Una visita: Seguro que la catedral acapara al grueso de los visitantes, y es normal: su fachada, su altura, sus torres, el laberinto... pero el viajero, inquieto como es, prefirió acercarse a dos puntos más que interesantes: el sitio arqueológico de Saint-Acheul, joya del periodo achelense, y la casa de Jules Verne, fabuloso rincón donde conocer al gran novelista.
Un recuerdo: Una vez más obligado a ir con poco equipaje (lo que es en sí un arte y un compromiso, pero también una imposición de las compañías de bajo coste), el viajero ha de optar por llevarse el gran recuerdo de una ciudad formidable o cargar con una cajita de esos pequeños pastelitos locales, los "macarons d'Amiens". Las dos cosas volvieron a casa.


OSLO

Un paseo: Esta ciudad se visita a pie, lo que la convierte en un agradable destino, y las cuestas que la rodean se alcanzan con el tranvía....