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VINUESA (y alrededores)

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Un paseo: hay gente que va calle arriba y calle abajo, e incluso se desvía a veces por algún recoveco para ver las tiendas de productos regionales. El viajero recomienda agarrar una bicicleta y dejarse llevar por las carreteras (incluso por pistas, para los más testarudos) desde Vinuesa hasta cualquier pueblito cercano. Un restaurante: como vamos sin prisa y ligeros de equipaje, nos acercaremos hasta Molinos de Razón, donde el viajero, pese a un leve contratiempo gástrico debido a los calores del coche, saboreó primero unos vinagrillos en La Casona y luego un cochinillo asado que aún recuerda, y vaya que sí, en El Pajar del Tío Benito . Si no, siempre encontraremos algunas setas para aplacar el hambre. Una visita: la envidia no es ni mucho menos el pecado más notorio del viajero, que combate la gula con lujuria, pero en Vinuesa y alrededores hay unas casas, algunas de antiguos indianos y otras de nuevo cuño, que despiertan ese raro sentimiento que tiene el modesto trab...

PEÑAFIEL

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Un paseo: si uno se atreve a subir hasta el Castillo , la vista promete ser fenomenal, pero no conviene abusar, porque también es museo del vino. Pero si el cuerpo no da para más, nos quedaremos por la parte baja, junto al río, y cuando vayamos notando flaqueza, recobraremos fuerzas con un desayuno en el claustro cubierto del convento de las Claras . Un restaurante: el viajero, disuesto a cumplir con las normas locales, descubrió, buscando un buen lechazo, que había cosas tan sorprendentes o más. Así, en el restaurante Molino de Palacios , una joya restaurada, cayó presa de un arroz con liebre del que aún no se ha repuesto. Si alguien comete la imprudencia de pedir vino de Rioja, que sepa que el vallisoletano es muy suyo y podría sugerirle otros, como el Lágrima Negra , tinto tempranillo, o el Carramimbre , blanco verdejo. Una visita: al viajero le gustó la farmacia de Ernesto del Campo , una recoleta botica de las de antes, pero puede que dispongamos de más tiempo, así qu...

BURGO DE OSMA

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Un paseo: esta pequeña y cuidadita ciudad soriana tiene la calma de la provincia que invita a recorrer las calles sin más interés que llegar a la Plaza Mayor a tiempo para el vermú y el torrezno en la terraza. Allí nos dará la hora de comer. Un restaurante: quien no conozca el Mesón Marcelino podrá ir a lo seguro, como el cochinillo, pero si quiere dejarse aconsejar por el viajero, debería probar el guiso de ciervo. La dieta soriana no es ligera, pero nadie se ha muerto por probar cosas buenas. Una visita: el viajero nunca pierde ocasión de dejarse sorprender, y en esta ciudad, yendo a preguntar a la oficina de turismo, descubrió que el propio local era una joya, no tanto por el retablo que alberga sino por la paz de sus muros. Un recuerdo: la modestia castellana queda resumida en los ingredientes culinarios que se llevó el viajero de esta ciudad. Junto a la primera lluvia del otoños, pan y mantequilla son los recuerdos del Burgo de Osma.

SORIA

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Un paseo: quienes tienen la suerte de haber visitado la provincia de Soria, desde Calatañazor hasta la Laguna Negra , saben por qué vale la pena volver. Al llegar a esta ciudad, el viajero buscará esa zona en la que traza el Duero su curva de ballesta . Por eso se recomienda acercarse al río para, pensando en cosas, esperar a que nuestros pasos nos lleven por ahí hasta la hora de comer. Un restaurante: el habitante local presume de torreznos y de otros platos de más calado, y el viajero debería atreverse con unas migas con uvas en el Mesón Castellano . De ahí al abandono total no va mucho. También se debería tener en cuenta algún vino de la Ribera del Duero con cepas sorianas. Una visita: con aires de casino provinciano, pero lleno de un ambiente que ya es difícil encontrar, nadie debería marcharse de Soria sin pasarse por la Casa de los Poetas . Así se comprenderá por qué tantos se quedaban allí. Un recuerdo: todo es tan cíclico en las ciudades tranquilas que uno s...

ALICANTE

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Un paseo: la tentación del viajero común al llegar a Alicante es irse a la playa y caminar hasta que llegue la hora del arroz -ya hablaremos luego-, pero no tiene en cuenta que las sombrillas lo inundan todo muy temprano. Por eso se recomienda aparcar los gustos corrientes y dejarse llevar por las calles del Casco Antiguo . Por cierto, alguna callejuela está un poco empinada. Si nos da miedo la pendiente, entonces vayamos al Puerto Deportivo . Un restaurante: es más que probable que el arroz sea el plato elegido, y no nos faltará razón si nos tomamos un a banda. Si queremos ir más allá de los sabores habituales, el viajero recomienda probar unas vieiras en el restaurante del Hotel Hesperia . El problema es que las probó en una boda. ¿Por qué no unos mejillones de primero en El Suquet  o un a banda con gamba roja en el Dársena . Una visita: es posible que el viajero que subió a las cimas de la ciudad quiera aprovechar el esfuerzo para ver alguna piedra. El Castillo de...

JYVÄSKYLÄ

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Un paseo: algunas ciudades parecen irreales por su image, pero esta lo parece por su nombre. Sin embargo, tras esa extravagancia, el viajero encontró la calidez que solo Escandinavia puede ofrecer. Sin ánimo de ser simplón, los lagos de esta tierra lacustre son admirables, y una caminata puede resucitarnos. Un restaurante: el viajero, habitualmente arriesgado, no salió del hotel para cenar porque estaba cayendo una de esas mantas de agua que bastarían para anegar un continente entero. De modo que, condenado a quedarse encerrado, halló salvación en el restaurante del Scandic . ¡Impresionante el reno! Eso sí, tomó vino de California, porque el tinto español que le propusieron sobrepasaba insospechadamente el precio que jamás podría tener.   Una visita: esta joven ciudad -joven como el país- puede presumir de no tener grandes monumentos. Esta aparente contradicción se llega a comprender cuando uno ve de qué modo se funden naturaleza y sociedad, como en una sauna. Otra mane...

AVEIRO

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Un paseo: cuando el viajero hablaba de lo que vio en Aveiro , le solían responder que eso era una película o un sueño. Para comprobar que aquellas descripciones son ciertas y no una fantasía, se invita a una caminata matinal por el borde del mar, haciendo fotos de esas cabinas para los bañistas propias del Lido o de Ushuaia.   Un restaurante: la verdad es que el viajero no buscó demasiado, siguiendo su estrategia de acercarse al centro, mirar por encima la carta y entrar por ese instinto que ha desarrollado de tanto comer fuera. En Aveiro se coló en el primero que vio, con tan buena suerte que entró en O Mercado do Peixe , algo así como el paraíso.   Una visita: hay que reconocer que, aunque monumentos tiene, esta ciudad no es un centro artístico en sentido estricto, así que el viajero sugiere orientar la visita hacia la naturaleza domesticada. La ría de Aveiro tiene todo aquello que el ser humano puede admirar de sí mismo, es decir esa sutil manera de retorcer el cu...