CUENCA

Un paseo: los optimistas podrán decir lo que quieran, pero la bici no es para pasear en esta ciudad, aunque sí para hacer ejercicio de alto rendimiento. El viajero sostiene, como leyó por ahí, que del deporte también se sale. Si se quiere una caminata no exenta de exigencia cardiaca, se sugiere acercarse al Parador pero pasando por el Puente Colgante. El viajero, presa del vértigo pero siempre atento al sentir popular, se paró a hacerles unas fotos a unos enamorados. Última vez.
 
Un restaurante: pasa recuperarse del susto -el pretexto puede valer-, el viajero eligió entre varias opciones. Como en las Casas Colgadas entraba demasiada gente, decidió enfrentarse a un copioso menú conquense en el Mesón Mangana de la Plaza Mayor. Cuidado, Cuenca es única para las digestiones.
 
Una visita: para no someter al cuerpo a un régimen metabólico inasumible, el viajero se acercó hasta una antigua iglesia en la que se alojó una colección de arte. El Espacio Forner nos distraerá de tanta emoción fuerte. Otra opción válida sería, en las Casas Colgadas, el Museo de Arte Abstracto, pero depende de cómo hayamos digerido los zarajos.
Un recuerdo: la memoria del viajero se remonta a aquella botella de resoli que había en el mueble bar de su casa de la infancia. Para no romper esa imagen tan lejana, aunque volvió a verla en las tiendas de regalos, decidió que la primera sería la única. Y como lo pensó lo hizo, porque aquella gotita de licor sostenía el enorme edificio del recuerdo.

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