PAMPLONA
Un paseo: una ciudad amurallada tiene eso que invita a recorrerla para conseguir el premio de las vistas, así que el viajero recorrerá el camino de ronda con la poca prisa que se exige habitualmente.
Un restaurante: el esfuerzo al que se somete el viajero tiene fácil recuperación a poco que uno busque en los letreros una cosa que diga "jatetxea". Con esa insignia hay garantías de buen comer, y si además queremos que nos salga barato, vayamos sin dudar a San Nicolás, una casa que sin lujos nos saciará.
Una visita: de entre los edificios singulares de la ciudad, uno nos parece que colmará las ansias de saber propias de un viajero. En el Palacio del Condestable se expone el legado que hizo el violinista Pablo Sarasate a la ciudad.
Un recuerdo: antes de ir a visitarla, el viajero tenía en mente aquella cancioncilla que todo el mundo repetía. Y cuando regresaba a casa comprendió el porqué.
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