TORREVIEJA
Un paseo: sobrevivir a la leyenda negra de los concursos de televisión es difícil, y esa lucha es la que sostiene la localidad alicantina, en la que hay muchas cosas que hacer. El viajero, abierto y tolerante como es, se niega a que el drama perdure y propone disfrutar de un paseo por encima del espigón, hasta el faro. Desde lejos la masa es menos agresiva. Para alejarse aún más, mejor con bici, las Salinas, saliendo de la ciudad, irán de perlas. De todos modos, hay que regresar para un desayuno antes de que apriete el calor.
Un restaurante: lo que nadie podrá negar es que oferta gastronómica variada hay y mucha en esta costa. No descartemos comer buenos pescados y arroces, como en El Puerto, con vistas al mar. Y los helados de Sirvent son de obligado cumplimiento, como el de higo chumbo.

Una visita: es habitual que, en el puerto pesquero atraquen barcos muy variopintos, así que, si permiten entrar, sería una ocasión única, sobre todo para los más esteparios. Otra curiosidad es el Museo del Mar y la Sal, apto para turistas con inquietudes. Pero el viajero, amigo de las sensaciones al natural, apreció la visita que hizo a la cinta de carga de sal del muelle.

Un recuerdo: hay familias que repiten año tras año, y gente que las critica; hay viajeros que van una vez y vuelven con una confusa sensación de que esta ciudad deja un raro gusto en la boca. En la misma línea de ambigüedad podemos enmarcar algunos de sus recuerdos más solicitados, a medio camino entre la artesanía y el fenómeno paranormal.
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