viernes, 31 de agosto de 2012

BAYONA

Un paseo: es probable que un viajero quede tan prendado por el castillo -que es Parador, claro-, que no salga de allí en horas. Sin negar que la fortaleza de Monterreal  es un conjunto singular, en sí mismo y por sus vistas, deberíamos, como anuncia el consistorio local, sugerir otro itinerario, como una caminata hasta la playa.
Un restaurante: como amigo de Paradores, el viajero siempre recomienda su menú, pero también, como goloso impenitente, busca y rebusca por las callejuelas de las ciudades. El Casco Vello de Baiona tiene de esos sitios marineros que, para un vino de aperitivo, son ideales. Tras la pausa, el viajero podrá darse a uno de sus placeres en El Túnel. No hay nada que explicar.
Una visita: si aún seguimos enteros tras las zamburiñas, podríamos acercarnos, para desentumecer las piernas, hasta el Museo de la Carabela Pinta, sí, sí, la misma. Esto tiene la ventaja de que, si nos parece algo artificial -es pedagógico-, siempre podremos visitar el puerto.
Un recuerdo: el punto de partida de nuestro periplo será también el lugar donde terminemos la estancia. Da igual que no sea la hora del ocaso, porque el mero horizonte atlántico de esta ciudad es fabuloso. El viajero, que se quedó hasta tarde, pudo contemplar una puesta de sol impresionante que no volvió a repetirse hasta el día siguiente.

ASTORGA

Un paseo: cómo le gusta al viajero bordear -que no escalar- las murallas de las ciudades. En la capital maragata, el recinto fortificado nos facilita una caminata considerable, de más de dos kilómetros, así que todo pinta bien antes de desayunar en la plaza del ayuntamiento.
 
Un restaurante: aún no se sabe si fue para impresionar al forastero o porque de veras es tradición, pero aquella olla de chili con carne para más de treinta -en la mesa había solo quince- fue celebrada como si fuese un cocido maragato. Como nunca se resolverá la duda, el viajero propondrá un almuerzo de tapas, empezando por unas mollejas en el Cubasol y haciendo una ronda hasta quedar satisfecho.
Una visita: una ciudad cuyo próximo milenio será el tercero tiene por fuerza que ofrecerle mucho al viajero curioso. Si uno es más de arquitectura gótica y posteriores, pues que vea la catedral; si somos más de edificios llamativos e inexplicables, entonces habrá que centrarse en Gaudí; pero si lo que realmente nos interesa es la solidez de los romanos, Asturica Augusta entiende de eso, incluso lo enlata para los menos andarines en el Museo.
 
Un recuerdo: a veces no es tanto la cosa como la manera en que se obtuvo. Aunque no se ha nombrado antes, esto tiene que dedicarle unas líneas a la cecina, esa joya proteica. Resulta que, con idea de llevarse un recuerdo, el viajero se acercó a un comerciante local y le pidió medio kilo de cecina. Hasta aquí es normal, pero el comerciante, calibrando la pieza señalada por el cliente, dijo: "Esta se pasa un poco. Ochocientos cincuenta".¿Que hizo el viajero? Estaba claro.

jueves, 30 de agosto de 2012

TOULOUSE

Un paseo: a uno en la tele le preguntaron si conocía una ciudad ideal para pasear. No dijo Toulouse, pero el viajero la recomienda, porque es llana, tiene un parque fluvial maravilloso, no es espectacular pero deja huella,... ¿Qué más se puede pedir?
 
Un restaurante: la ventaja del buen tiempo local es que las terrazas, incluso en invierno, tienen vida. Curioso como es el viajero, se dejó, sin embargo, tentar por un popular figón, Le Colombier, en el que probó el célebre cassoulet. La polémica sobre el origen -Toulouse o Castelnaudary- animó la sobremesa. Cuidado con las sobremesas.
 
Una visita: a veces las rutas monumentales dan sorpresas interesantes como la basílica de Saint Sernin, donde el viajero, además de fresquito, hallará una arquitectura menos francesa que de costumbre. Aquí la piedra no es solo caliza sino también ladrillo, lo que le da un efecto a la ciudad, llamada la ville rose.
 
Un recuerdo: el viajero estaría constantemente trayéndose cosas de Toulouse, pero no objetos codiciados sino algo tan modesto en apariencia como un pellizco de ese pan tan crujiente untado de algo muy de allí.
 

ANTIBES

Un paseo: si uno no se quiere aventurar hasta el Cabo, cosa que sería una lástima, también puede disfrutar del Viel Antibes, un casco histórico sin los excesos del glamour de sus ilustres vecinas de la Côte-d'Azur. De todos modos, lo que el viajero nunca se debería perder es la imagen de la ciudad con los Alpes nevados al fondo.
 
Un restaurante: ya no se sabe si el decorado alimenta tanto o más que la comida, pero en Antibes, aprovechando una arquitectura provenzal aún en pie, el viajero podrá sentarse a la mesa y dejar pasar el tiempo. En Le Jardin, el viajero recuerda esa sensación frente a un tartar de la casa o unas verduras de temporada.
 
Una visita: seguir los pasos de los grandes artistas en esta región es fácil, ya que casi todos tienen diseminada su obra por los lugares en que vivieron. Sería muy fácil -aunque muy recomendable- entrar en el Musée Picasso, pero el viajero, amante de algunas viejas costumbres, como el correo en papel, encontró el Musée de la Carte Postale, y allí se quedó un rato.
 
Un recuerdo: cualquiera que pase una temporada en la Costa Azul adivinará de qué todo eso de dejarse ver por el paseo. Sin embargo, Antibes se desentiende de las costumbres frívolas y vive a un ritmo más natural. Tal vez por eso el viajero tiene un recuerdo tan sano de la ciudad.
 

miércoles, 29 de agosto de 2012

MANCHESTER

Un paseo: es muy tentador alejarse un poco de la ciudad y adentrarse en los verdes senderos de la campiña, pero dependerá del tiempo, así que elegir un parque puede sustituir a la aventura. El viajero recuerda un tranquilo paseo por entre las lápidas del cementerio de una iglesia, pero seguramente esto desanimará a algunos. Por eso la propuesta será vagar por los puentes de Manchester Canal. Todo un lujo.
 
Un restaurante: de joven, recuerda el viajero que la cocina local era muy limitada, y por eso se abonó a una dieta indopakistaní deliciosa. El consejo es elegir alguno de la cadena Rajdoot Tandoori y dejarse llevar. En ciertos locales, como no hay licencia para bebidas alcohólicas, uno puede traerse su vinito o su cerveza y encargar la comida. El viajero es un ferviente defensor de esta fórmula.
 
Una visita:seguramente muchos acudirán al famoso estadio de Old Trafford, pero el viajero, aunque aficionado al buen fútbol, en particular al que se disfruta en el Vicente Calderón, propone una experiencia impagable en la biblioteca John Rylands, donde la vista se nos nublará con tal arquitectura.
 
Un recuerdo: el viajero recuerda cómo todo el mundo se llevaba cosas de aquel pub llamado The Church, cuya dirección ignora, por razones comprensibles, pero estaba en el centro o tal vez de camino a Oldham. Que nadie dude en llevarse algo así.

martes, 28 de agosto de 2012

LYÓN

Un paseo: esta ciudad goza del clásico señorío burgués junto a una tranquila atmósfera de capital de provincia, lo que la convierte en un sitio agradable para el viajero sin prisa. El barrio viejo es muy tentador para desperezarse, así como una caminata en el contorno de la Place Belcourt, que ya nos llevaría un buen rato.
 
Un restaurante: por influencia de los grandes nombres de la nouvelle cuisine, en esta ciudad casi todos los restaurantes se esmeran en ofrecer destellos de finura. El viajero tuvo la ocasión de comprobarlo en la frecuentada Brasserie Georges, que ofrece lyonnaiseries deliciosas. Y pensar que algunos de pequeños no podían ni ver el hígado encebollado.
 
Una visita: el edificio testigo de nuestros pasos matinales será el destino de nuestra expedición. La Basílica de Fourvière es, pese a su presencia orgullosa, un edificio convencional, pero la visita le gustó al viajero por la subida en funicular y por las vistas de la ciudad.
 
Un recuerdo: se solía contar que los precios en Francia eran tan elevados que uno no podía salir de un sitio sin llevarse algo en pago por el atraco. Se puede negar lo primero pero se confirma lo segundo. Ya no recuerda el viajero por qué no se la llevó, pero ganas no le faltaron.

lunes, 27 de agosto de 2012

ROMA

Un paseo: al viajero no le cabe duda de que para darse una caminata por Roma hay que elegir la zona más adaptada al gusto de cada cual, ya que habrá quien piense que los jardines de la Villa Borghese, aunque plácidos, son algo pastelitos; otros pensarán que la Piazza di Spagna está abarrotada; e incluso hay algunos que ven el Foro como un montón de piedras. Este último será, aunque por la sombrita, nuestro objetivo. Allí flotaremos entre tanta historia en medio de una atmósfera mágica.
 
Un restaurante: las grandes ciudades tienen la ventaja de la gran oferta, pero también esconden muchas trampas bajo la etiqueta de restaurante. Cuando el viajero vea grupos, que se aleje; si ve camareros que lo interpelan en varios idiomas, que se aleje; si anuncian cucina casalinga y en la cocina huele a fritanga, que se aleje. Sin embargo, en Roma Sparita, un sitio artesano con una terraza fenomenal, el viajero se dará a una de sus pasiones, la pasta.
Una visita: entre las mil cosas para las que el viajero no sirve está el saber cantar, pero claro, hacen falta virtudes de las que carece. Por eso, en Roma hay un sitio ideal para romper con las cadenas de la vergüenza: se trata de las Terma de Caracalla. Allí, con o sin luz, con o sin arbolitos de adorno, el viajero deleitará al público entonando, junto a dos amigos de su elección, aquello de "vincerò, vincerò".
 
Un recuerdo: en medio del caos circulatorio de la ciudad eterna, hay un lugar para la memoria visual. El viajero siempre recordará Roma como una cuesta abajo, con curvas y subido en una Vespa, como Nanni Moretti o Gregory Peck. El piloto no era él, pero eso no importa.
 

SIGÜENZA

Un paseo: al llegar a esta ciudad un día laborable, el viajero tendrá la sensación de que la calma va a durar para siempre, pero ya se sabe que el descanso del capitalino es el trajín del laborioso segontiense. Nada debe inquietarnos si nos levantamos temprano y nos introducimos por las calles cercanas a la Plaza Mayor, donde, aquí un café, aquí un vinillo, nos dará la hora de comer.
 
Un restaurante: la norma que el viajero suele seguir a propósito de los Paradores no se romperá esta vez tampoco. Aunque también recomienda, porque lo ha probado y vaya si lo probó -la comida acabó con una partida de pocha-, el cabrito del Taberna Seguntina.
 
Una visita: si no se va uno al Parador, como hacen muchos, es obligado pasarse por la Catedral y ver el monumento funerario del más ilustre residente, el Doncel. Es cierto que, como la Gioconda, uno se lo imaginaba de otro modo, pero es lo que hay.
 
Un recuerdo: para la vuelta, si el camino es largo, el viajero sabrá prever los rigores de una digestión trabajosa. La modernidad y las tradiciones pueden convivir si en el aeropuerto nos permiten pasar esto lleno de líquido -en particular uno muy sabroso.

COLMAR

Un paseo: cuando llegó el viajero a Colmar, la ciudad estaba recogiéndose para la cena, así que pensó que se trataba de otra ciudad alsaciana más, hermosa y recatada. La sorpresa surgió por la mañana cuando recorrió sus calles bien conservadas y limpias. La pequeña Venecia es ideal para colmar los deseos de un caminante solitario.
 
Un restaurante: habrá que despertar al viajero que se adentre en esos canales y callejuelas, porque la hora de comer también promete ser una delicia. No resulta difícil encontrar todo tipo de restaurantes, desde creperías hasta brasseries clásicas, pero hay un sitio pequeño pero con encanto, el Wistub Unterlinden, donde, por un precio asequible, el viajero saborea suculentos platos locales que evocan la entente francoalemana, como una chucrut -choucroute, sauerkraut- de pescado.
 
Una visita: como si la propia ciudad no nos valiera ya, el viajero no quisiera descuidar su labor de consejero, así que recomienda con entusiasmo un edificio del siglo XVI, la Maison Pfister, homenaje a los constructores en madera y a la destreza renacentista.
 
Un recuerdo: por si no se hubiera notado aún, el viajero quedó prendado de esta ciudad, sobre todo porque le resultó apacible y tranquila. Y eso que estaba completando la Route des Vins d'Alsace, de donde se trajo varias cosas útiles de las que solo le queda ya una.

SEGOVIA

Un paseo: esta ciudad tiene sus cuestas, pero también sus llanos, así que cada cual tendrá lo que más desee. De hecho, las cuestas no son impedimento para llevar bicis sin cadena. El viajero, que por servicios prestados al Estado tuvo que patearse la ciudad, descubrió el famoso atajo -con trabajo- que se usa para subir hasta el Alcázar. También se puede usar para bajar. Otra opción podría ser recorrerse el acueducto a su paso por la ciudad. Es un paseo de algo más de 600 metros, pero con muchas pausas de reposo y de admiración. ¡Estos romanos!
 
Un restaurante: le decían al concursante que citara dos cosas segovianas, y este respondía que el acueducto y el cochinillo. Ya se sabe cómo son los de la televisión, pero hay que decir que no se equivocó, solo se quedó corto. En cuanto al segundo ejemplo, el viajero podrá elegir entre los clásicos, Cándido, y los más renovadores, La Alhóndiga. Al viajero le gusta mordisquear el rabo crujiente del cochinillo.
 
Una visita: quienes hayan trepado hasta el Alcázar pueden aprovechar el esfuerzo para vivitar el edificio y en particular el artesonado de madera de una de la sala de la Galera. Se dice que de verdad es un casco de barco puesto del revés, pero hasta ahí no llegan los datos del viajero. Tampoco está mal echarle un ojo a la legendaria iglesia de la Vera Cruz, donde aún se oyen las voces de los caballeros hospitalarios del Templo.
Un recuerdo: de entre los segovianos ilustres, por delante de los maestros asadores y del mismísimo cochinillo, el viajero se llevaría un recuerdo trivial pero emotivo. De hecho, esta camisola de su Marcha Cicloturista sería el consuelo por no haber podido correrla jamás -y cada vez menos.

domingo, 26 de agosto de 2012

MEERSBURG

Un paseo: esta ciudad coqueta y apacible se visita a pie o en bici, pero también ofrece la posibilidad de una matinal singladura en barquita de pedales. Si vencemos el rubor de vernos remando con los pies en medio del lago Constanza -Bodensee-, descubriremos un entorno fabuloso.
 
Un restaurante: el que piense que la cocina alemana es solo patata y cerdo se equivoca parcialmente porque, si bien de eso hay bastante, lo cierto es que tanto la gama de productos como la combinación y la ración de estos merecen un halago por parte del viajero. El concepto de plato combinado renace en forma de plato completo y equilibrado en el Weinstube Baeren, donde calidad y precio gustan por igual. ¿Acaso un wiener schnitzel parece así un plato modesto? ¿Verdad que no?
 
Una visita: una vez más, el viajero queda sorprendido por los mitos deshechos. La cerveza, bebida alemana por excelencia, se sirve a una temperatura que el paladar meridional no tolera. Así descubrió el viajero que los vinos teutones -ya conocía los blancos alsacianos- pueden competir por ahí. Irse a dar un garbeo a una bodega podría confirmar esto.
 
Un recuerdo: no se puede negar que el viajero disfrutó de lo lindo en esta escala. Visitó monumentos, admiró paisajes, pero cuando le preguntan, el viajero siempre dice que la buena vida y la buena mesa vienen a ser lo mismo, y en esta zona lacustre se cultiva esa felicidad slow que tento persigue.

CASTRO URDIALES

Un paseo: es variopinta esta villa -Castro, para los amigos- y también animada. Los itinerarios de caminata matinal cambiarán en función de que se prefiera la parte alta, faro e iglesia de Santa María, o la baja, puerto y playa. De todos modos, el punto de llegada será el concurrido casco antiguo, con sus bares siempre a rebosar.
Un restaurante: el viajero es consciente de que nadie lo creerá, pero en el asador El Puerto de Santa María le propusieron un kilo trescientos de rape para dos. Por mucha merma que tenga el bicho, de ahí salen dos raciones importantes. Quién sabe si era un órdago al urbanita, pero la sensatez, que a veces acude al rescate del frágil, cambió aquello por dos rodaballos y unas almejas de primero. El que pueda, que lo pida y que lo cuente.
 
Una visita: cómo no, acercarse hasta el faro tiene esa carga aventurera que siempre queremos agregar a nuestras recomendaciones. Si, además, el día se levanta con viento, llegaremos a casa cargados de energía.
 
Un recuerdo: una cosa parecida a esta ocurrió de veras hace tiempo en un famoso parque de otra ciudad, pero reproducir la escena le parece al viajero digna de los mejores exploradores del pasado. El problema, como siempre que se propone una tropelía así, además de conseguir la proeza, es explicar en casa los detalles. Se trata de apropiarse de algo muy de la ciudad.

SIRMIONE

Un paseo: esta peninsulita del lago de Garda tiene, pese a su pequeño tamaño, una oferta interesante que sabrá agradar al viajero. Lógicamente, se recomienda pasear a la orilla del agua o darse una buena vuelta en bici. Las vistas son inmejorables.
 
Un restaurante: caminando en busca de un sitio donde comer, el viajero se topó con un italo argentino, Malu' Grill, donde se sació a base de bien, pero recuerda con veneración el menú del Hotel Flaminia, donde además de unos platos jugosos y abundantes, se desayuna de miedo. Por allí se aficionó el viajero a cenar ensaladas y prosecco.
 
Una visita: salvo que nos decantemos por el turismo termal, deberíamos hacer caso al viajero y dejarse tentar por las mal llamadas Grotte di Catullo, que ni son cuevas ni pertenecieron al poeta latino. Aunque al atardecer resultan más atractivas, de día también valen la pena. Por cierto, como casi toda la ciudad, la vista desde el lago es casi mejor.
Un recuerdo: ni la luz del lago, ni el sonido del viento. El recuerdo de Sirmione podría ser el aroma de las hierbas con las que se preparaban los platos de una cocina única.

OSLO

Un paseo: Esta ciudad se visita a pie, lo que la convierte en un agradable destino, y las cuestas que la rodean se alcanzan con el tranvía....